El Robar Madrid tiene sus propias reglas

El Robar Madrid tiene su propio reglamento

El Robar Madrid tiene su propio reglamento


El Real Madrid – como sucede en las zonas de ‘no-go’ yihadistas en el centro de Europa en las que rige la Ley Sharia o como en la mafia, donde las leyes de sangre se imponen al ordenamiento jurídico – tiene su reglamento propio tanto en competiciones nacionales como internacionales como sobradamente hemos podido comprobar desde su fundación y, muy especialmente, en esta temporada llena de partidos adulterados dentro y fuera del terreno de juego.

Si Neymar aplaude al árbitro tras expulsarle por atarse las botas: tres partidos. Si Ramos aplaude al árbitro tras expulsarle por intentar asesinar a Messi, no pasa nada.

Si Casemiro ve la quinta tarjeta antes de un partido decisivo, no pasa nada, llamadita al árbitro para que ‘se le olvide’ ponerla en el acta y punto. Nos hacemos los locos y a correr.

Si Marcelo le revienta la cabeza a Messi delante de 500 millones de personas, no pasa nada. Sin embargo, si Suárez, describe a un jugador del Español sin que nadie le oiga con la palabra  “desecho” le meten dos partidos.

Si a Nacho, al que le llevan perdonando la quinta tarjeta 10 partidos, se la enseñan antes de un duelo decisivo, toquecito al comité de apelación para que se la quite contra el criterio del árbitro, del comité de competición y de las evidencias videográficas.

Si Cristiano apalea cada dos semanas a un jugador rival con el árbitro a un metro, no pasa nada: “sigan, sigan!”, que es intensidad. Y si a algún soplapitos rebelde se le ocurre mandarlo a la caseta por carnicero, pues primero a la nevera, luego a segunda división, y finalmente su carrera como trencilla acabada, tal y como le pasó a Ayza Gámez tras expulsarlo tras agredir a tres jugadores del Athletic.

Si Sergio Ramos le mete una hostia de amarilla a un japo y el colegiado le va a sacar la tarjeta, llamadita desde el palco para que se guarde la tarjeta que ya tenía en la mano. Mismo procedimiento con el aizcolari brasileño heredero de Xabi Alonso que campa a sus anchas por el centro del campo arrancando tobillos rivales de manera impune.

Pues en fin, que con todo este repertorio de reglas “ad hoc” (sin contar los fueras de juego, goles ilegales y demás actos delictivos puramente deportivos), podemos concluir que si el juego del Madrid en el campo estuviera a la altura de su capacidad de influir en la competición extradeportivamente, serían un rival prácticamente imbatible y no tendrían que estar jugándose el campeonato en la última jornada. Pero la triste realidad de la banda de criminales deportivos más famosa del fútbol mundial es que, sin despachos y sin mamporreros en las instituciones, estarían luchando por clasificarse para la Europa League.

El Real Madrid – como sucede en las zonas de ‘no-go’ yihadistas en el centro de Europa en las que rige la Ley Sharia o como en la mafia, donde las leyes de sangre se imponen al ordenamiento jurídico – tiene su reglamento propio tanto en competiciones nacionales como internacionales como sobradamente hemos podido comprobar desde su fundación y, muy especialmente, en esta temporada llena de partidos adulterados dentro y fuera del terreno de juego.

Si Neymar aplaude al árbitro tras expulsarle por atarse las botas: tres partidos. Si Ramos aplaude al árbitro tras expulsarle por intentar asesinar a Messi, no pasa nada.

Si Casemiro ve la quinta tarjeta antes de un partido decisivo, no pasa nada, llamadita al árbitro para que ‘se le olvide’ ponerla en el acta y punto. Nos hacemos los locos y a correr.

Si Marcelo le revienta la cabeza a Messi delante de 500 millones de personas, no pasa nada. Sin embargo, si Suárez, describe a un jugador del Español sin que nadie le oiga con la palabra  “desecho” le meten dos partidos.

Si a Nacho, al que le llevan perdonando la quinta tarjeta 10 partidos, se la enseñan antes de un duelo decisivo, toquecito al comité de apelación para que se la quite contra el criterio del árbitro, del comité de competición y de las evidencias videográficas.

Si Cristiano apalea cada dos semanas a un jugador rival con el árbitro a un metro, no pasa nada: “sigan, sigan!”, que es intensidad. Y si a algún soplapitos rebelde se le ocurre mandarlo a la caseta por carnicero, pues primero a la nevera, luego a segunda división, y finalmente su carrera como trencilla acabada, tal y como le pasó a Ayza Gámez tras expulsarlo tras agredir a tres jugadores del Athletic.

Si Sergio Ramos le mete una hostia de amarilla a un japo y el colegiado le va a sacar la tarjeta, llamadita desde el palco para que se guarde la tarjeta que ya tenía en la mano. Mismo procedimiento con el aizcolari brasileño heredero de Xabi Alonso que campa a sus anchas por el centro del campo arrancando tobillos rivales de manera impune.

Pues en fin, que con todo este repertorio de reglas “ad hoc” (sin contar los fueras de juego, goles ilegales y demás actos delictivos puramente deportivos), podemos concluir que si el juego del Madrid en el campo estuviera a la altura de su capacidad de influir en la competición extradeportivamente, serían un rival prácticamente imbatible y no tendrían que estar jugándose el campeonato en la última jornada. Pero la triste realidad de la banda de criminales deportivos más famosa del fútbol mundial es que, sin despachos y sin mamporreros en las instituciones, estarían luchando por clasificarse para la Europa League.

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