Solo tú y yo sabemos, la falta que nos hacemos

Solo tú y yo sabemos la falta que nos hacemos

Solo tú y yo sabemos, la falta que nos hacemos

Posiblemente, después de este leer este post, una horda de giliprogres me tache de machista y de superficial. He de dejar claro que si bien no soy machista – lo puedo demostrar porque mi novia es una mujer y me domina -, puede que sea bastante superficial – la verdad es me domina porque es linda -. Me perdonaréis el defecto, todo el mundo tiene que tener alguno, pero no he encontrado mejor manera de explicar la relación Real Madrid – Espanyol que comparándola con una pareja, en este caso heterosexual.

La compuesta por un hombre, ordinario pero con tendencia a delinquir, malote, no muy guapo pero bien vestido y con un maquillaje que hace invisibles las imperfecciones que todo el mundo sabe que están ahí; y una doña, gorda (con sobrepeso para los que se la agarran con papel de fumar), fea (poca agraciada) y sucia (poco aseada), no muy lista pero un ama de casa excelente, complaciente en el lecho, y que se enfrenta con furia a cualquiera que le haga sombra a cambio de un mínimo afecto y sobretodo, de que no la abandone. Capaz de dejarse el alma para sacarle de un problema y humillarse hasta niveles insospechados porque sabe que, si la deja, no va a encontrar a nadie como él, que no es un modelo de pasarela, pero lo es todo en su vida, y siempre es mejor que nada.

Esa novia a la que él, le presta las baratijas que la mujer de sus sueños nunca se pondría, pero que no le deja que use cuando están juntos en casa porque le parecen demasiado burdas; esa mujer con la que le gusta compartir cama por su absoluta sumisión a sus gustos, y con la que se acuesta tantas veces seguidas como quiera pero que no le proporciona placer alguno porque no tiene más aliciente que el de demostrarse a si mismo una hombría que se le hace imposible probar con mujeres de más categoría, y que ni siquiera se lo puede contar a sus amigos porque se parten de risa.

Una relación entre un hombre mediocre y una mujer de segunda que nacieron para pasar juntos todas sus tristes y adulteradas ligas, digo… vidas.

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Posiblemente, después de este leer este post, una horda de giliprogres me tache de machista y de superficial. He de dejar claro que si bien no soy machista – lo puedo demostrar porque mi novia es una mujer y me domina -, puede que sea bastante superficial – la verdad es me domina porque es linda -. Me perdonaréis el defecto, todo el mundo tiene que tener alguno, pero no he encontrado mejor manera de explicar la relación Real Madrid – Espanyol que comparándola con una pareja, en este caso heterosexual.

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La compuesta por un hombre, ordinario pero con tendencia a delinquir, malote, no muy guapo pero bien vestido y con un maquillaje que hace invisibles las imperfecciones que todo el mundo sabe que están ahí; y una doña, gorda (con sobrepeso para los que se la agarran con papel de fumar), fea (poca agraciada) y sucia (poco aseada), no muy lista pero un ama de casa excelente, complaciente en el lecho, y que se enfrenta con furia a cualquiera que le haga sombra a cambio de un mínimo afecto y sobretodo, de que no la abandone. Capaz de dejarse el alma para sacarle de un problema y humillarse hasta niveles insospechados porque sabe que, si la deja, no va a encontrar a nadie como él, que no es un modelo de pasarela, pero lo es todo en su vida, y siempre es mejor que nada.

Esa novia a la que él, le presta las baratijas que la mujer de sus sueños nunca se pondría, pero que no le deja que use cuando están juntos en casa porque le parecen demasiado burdas; esa mujer con la que le gusta compartir cama por su absoluta sumisión a sus gustos, y con la que se acuesta tantas veces seguidas como quiera pero que no le proporciona placer alguno porque no tiene más aliciente que el de demostrarse a si mismo una hombría que se le hace imposible probar con mujeres de más categoría, y que ni siquiera se lo puede contar a sus amigos porque se parten de risa.

Una relación entre un hombre mediocre y una mujer de segunda que nacieron para pasar juntos todas sus tristes y adulteradas ligas, digo… vidas.

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